A veces, escribo porque sí

El destino es caprichoso. Eso escuché alguna ocasión. La otra noche, fui a la presentación del libro “Escribo porque sí”, de Víctor Uribe Clarín. Editado por Puertabierta Editores. Llegué poco después de iniciada la presentación, pero no lo suficientemente tarde como para perderme las intervenciones de todos los invitados del autor. Y sobre todo, encontrar un buen lugar entre las sillas dispuestas para el público. Aunque, ciertamente, es común que en este tipo de eventos, la primera fila siempre tenga asientos vacíos.

Pues bien, me acomodé y comencé a escucharlos detenidamente. Poco a poco, cada una de las frases en cada intervención evocaron distintos momentos en diferentes etapas de mi vida. Cómo está: “ahora soy yo el árbol que va dando tumbos…” en una parte de la lectura de uno de Miguel Uribe. Y así por el estilo. Acabada la presentación vino la invitación para compartir una caguama y bocadillos. Ahí me cayó el veinte de por qué esa encantadora botella de cerveza estaba solita sobre la mesa cuando entré al inmueble.

Mientras nos dirigíamos a dónde estaban los canapés, intercambié algunos saludos y palabras -por separado-, con unos amigos. Que después me hicieron reflexionar.

Siendo honesto, estoy creyendo que en mis comentarios o pláticas hay mucha carga política y social actual. Esto es, vinculo mis elocuciones a lo que acontece en los días que vivimos. Y eso me está haciendo pensar en replantear mi manera en que debo interactuar con los demás.

Para lo anterior, les pondré como ejemplo lo de esta ocasión con los amigos. Palabras más, palabras menos al primero le dije que “con tanta tronadera no sabía si era balacera o cuetes por el día de la cruz” y a la segunda: “qué clase de funcionaria del Bienestar era por estar aquí y no en campaña, que se estaban perdiendo los valores… y los votos”.

Usted juzque. No negará que son temas vigentes: violencia y elecciones. Y tampoco puede negar que existen personas que no quieren conversaciones con esos temas. En consecuencia tendré que ser más mesurado.

Pues bien, ya en la zona de salivación. Me di cuenta que la cerveza era tomada por la cintura, elevada por los aires y cuál bailarina clásica, delicadamente inclinada por manos femeninas sobre el borde de un vaso desechable. Combinación perfecta, aunque estoy seguro que el llenado no fue en la dosis perfecta. Mientras la danza etílica se repetía con cada uno de los vasos, opté por esperar visitando la mesa contigua, donde los bocadillos esperaban reunidos a que nosotros nos reuniéramos para devorarlos.

Sentado en la jardinera al centro el lugar, veía como un grupo de chicas de unos veintitantos de edad, hacían lo que hacen muchas de veintitantos de edad, tomarle fotos al libro y luego hacerse unas selfies con él.

Imaginé por un momento -mientras el fondo del vaso calmaba mi sed-, a esas imágenes publicadas en redes sociales, como “historias”. De un libro que contiene historias. Y que posiblemente, jamás sabremos cuántas vistas tuvieron cada una de sus historias. De las chicas y del libro, por supuesto. Pero bueno, eso es otra historia.

En el refill, apuré el trago. Y salí del lugar en cuanto lo terminé.

Caminé una, dos, tres cuadras y llegué al jardín de Jardines Residenciales. Que está atrás de los comercios frente a la secundaria Enrique Corona Morfín.

El destino me trajo hasta aquí. Cómo dije antes, es caprichoso. Lo cierto es que me hizo recordar que hace un poco más de 20 años estuve en una banca del lugar, sentado como lo estoy ahora. Y después me dormí.

En esa ocasión -como en muchas otras-, salía de clases en el bachillerato 16 y junto a unos amigos nos íbamos a las canchas de la unidad deportiva de La Villa a echar reta de voleibol con los gays. Además de buen ambiente, poseían -en ese entonces-, un buen nivel en ese deporte. Es bien sabido que son harto flexibles y buenazos para “levantar” las dificiles y para “clavarla” muy fuerte.

Debo decir que yo sólo había jugado una vez ese deporte. Me parece que fue como a los 12 años en un convivio con vecinos de mi hermana la mayor.

Primero perdíamos las retas y nos tocaba pagar las aguas frescas o los duritos. Hasta eso, era una competencia sana. Ya luego de descompone uno.

Después con el tiempo, comenzamos a ganar. El fogueo que hubo me hizo bueno. Tanto que el finado David Ballesteros, en ese entonces importante promotor de ese deporte, comenzó a invitarme a ser parte de la selección de Colima en categoría Cadetes y luego Juvenil. Me entusiasmó, si; pero no me apasionaba como a ellos. Al poco tiempo, comencé a trabajar en el periódico.

Asi fueron los dias, terminábamos de jugar pasadito de las 11 de la noche. Entonces, emprendía la caminata desde las canchas en La Villa hasta mi casa en la Guadalajarita. Hacía poco más de una hora de trayecto. Prácticamente de lunes a viernes.

Una noche llegué a este jardín, donde ahora mismo escribo. Casi a media noche. Me senté en una banca, como en la que estoy ahora sentado. Puse mi mochila de almohada y me dormí. Desperté a las 4 y media de la madrugada. Con dolor en los pies porque no cupe en la banca debido a mi estatura y me quedaron colgando. No fue lo más cómodo, pero era lo que había y me permitió descansar.

Muchas cosas han sucedido y cambiado en Colima desde ese día. Yo mismo he cambiado. Por ejemplo, antes no estaban los chicos al otro lado del jardín practicando la coreografía de sus quince años. Tampoco el joven que quita la correa a su perro, se sienta en uno de los columpios y ambos se ponen a explorar; él su teléfono, el otro, todo lo que encuentra a su paso.

Antes, alguien estába dormido en la banca. Hoy también, no soy yo, aclaro. En la banca de a lado está acostado una persona. Él si cabe en ella. Al poco rato se despierta. Toma una bolsa de plástico y se va.

Antes no había nadie en el jardín, sólo yo. Hoy hay personas en el jardín, y yo, solo.

¡Qué noche!

A veces te condenas a repetir las historias. Y otra vez, estoy en la banca. Y me dejó llevar. Acostado, cerré los ojos y dormí por dos horas.

¡Qué noche!

A veces es el lugar. A veces es la vida. A veces es buena. A veces, escribo porque sí.

PARADOXA | Orlando Pérez